La Trinidad actuó para traernos salvación
jueves, 23 de abril de 2026
Oración
Amado Señor, qué hermoso entender que toda la Trinidad actuó en mi para alcanzar la salvación. Mi Padre celestial pensó en mí y tuvo mi nombre en su memoria, el Espíritu Santo me convenció de pecado, justicia y juicio, para llevarme a aceptar lo que Cristo hizo en la cruz por mí, y tú Jesús derramaste tu sangre preciosa para el perdón de mis pecados y para darme vida eterna. Gracias mi Dios por darme tu salvación y llenarme de tu gracia y paz, amén.
Lee la Palabra de Dios
“Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas”. 1 Pedro 1:1-2
Reflexiona
En este pasaje Pedro se presenta como apóstol de Jesucristo. Él estaba escribiendo a los extranjeros que se habían dispersado por todo el Imperio Romano. Eran los judíos, llamados “la diáspora” porque ya no se encontraban en las tierras de Palestina. Debido a la persecución y a otros factores, se habían establecido por todo el imperio. Y se refiere a ellos como los elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre, en santificación del Espíritu para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesús. Podemos ver que la Trinidad es mencionada aquí, aplicando la obra redentora en cada creyente.
Recordemos que el Apóstol Pedro estaba escribiendo aquí a aquellos que habían crecido en el judaísmo. Judíos creyentes que vivían en Asia Menor y que estaban sufriendo persecución. Conocían el Antiguo Testamento y comprendían que, en el día de la expiación, el sumo sacerdote llevaba con él la sangre cuando entraba en el Lugar Santísimo, y rociaba la sangre siete veces en el propiciatorio o tapa del arca del pacto. Ahora, entendían que el Señor Jesús había tomado su propia sangre al dirigirse al trono de Dios, fue en la cruz donde fuimos juzgados como pecadores y el lugar donde se roció su sangre por toda la humanidad. Él entregó su vida y pagó el castigo que nos correspondía. En este momento, el trono de juicio y castigo (la cruz) se convirtió en el trono de la gracia de Dios, a donde podemos acudir para recibir la salvación.
Simón Pedro había conocido la gracia y la paz a través de la sangre de Cristo, porque Jesús mismo le había hablado de ello. La conocía porque había visto morir a Cristo, había contemplado cómo le sepultaban y después vio al Cristo resucitado. Y este hombre, que había sido indeciso, había llegado a ser un hombre con un carácter firme como una piedra. Este hombre pudo ponerse en pie en el día de Pentecostés y predicar sobre la muerte y resurrección de Cristo. Pudo ser llevado a la cárcel, ser perseguido, fue capaz de escribir una carta como ésta y, finalmente, ser crucificado por causa del evangelio.
Muchos creyentes no están seguros de su salvación. Quizás podemos preguntarnos: ¿cómo saber que soy uno de los elegidos? Por haber creído en Jesucristo, venir a Él y obedecerle. Cuando la preciosa sangre de Jesús fue derramada en la cruz por nosotros adquirió un valor salvador para nosotros, porque nos perdonó nuestros pecados y nos dio la vida eterna.
Cristo derramó en la cruz toda su sangre. La explicación del mensaje del evangelio debe incluir el rociamiento con la sangre de Cristo, que nos limpia de todo pecado. La gracia y la paz son multiplicadas sobre nuestras vidas, porque toda la obra de la Trinidad actuó en nosotros para traernos salvación: Dios Padre pensó en nosotros, Cristo murió por nosotros y el Espíritu Santo ha venido a morar en nosotros para regenerarnos.
Sin la gracia de Dios, nunca conoceríamos la paz que Él nos puede dar. Si no creemos que Cristo derramó su sangre por nuestros pecados, no podremos tener paz en nuestro corazón. La paz, la certeza y la alegría viene cuando sabemos que nuestros pecados han sido perdonados.
Hoy necesitamos entonces recordar que el Padre nos eligió desde antes de la fundación del mundo. Fuimos elegidos para ser consagrados para Él. El Espíritu Santo despertó dentro de nosotros anhelo por el Señor, nos convenció de pecado, nos guió a la Cruz de Cristo donde podíamos encontrar el perdón, y nos llenó de su fruto y para que sepamos, que mediante la sangre de Jesucristo, entramos en una nueva relación con Dios en la que nuestros pecados son perdonados y tenemos una vida nueva.
Alaba a Dios
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