La fe como sustancia y unión con Cristo
jueves, 29 de octubre de 2026
Oración
Padre, gracias porque he sido colocado en Cristo y Él en mí. No es un pensamiento teórico, sino una realidad orgánica y profunda que define quién soy y cuál es mi propósito. Y ahora estoy llamado a considerar que, en mi vida temporal, he muerto y mi vida está escondida con Cristo en Dios. Amén
Lee la Palabra de Dios
"Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve." Hebreos 11:1
Reflexiona
La fe consiste en la certeza absoluta y la convicción firme en la obra, el carácter y las promesas de Dios, aun cuando estas no se ven con los ojos naturales. Pero todas estas promesas se cumplieron en Cristo.
Pero hay algo extraordinario y revelador en Hebreos 11:1, pues en el griego original en el que fue escrito el Nuevo Testamento se usa, para la palabra “certeza”, el término griego jupóstasis, que tiene como significado directo “sustancia” o “esencia”. El argumento y entendimiento de la profundidad de esta palabra se confirman cuando vemos que es la misma usada en Hebreos 1:3: “el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia (jupóstasis), y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”.
Cristo es la imagen misma de la sustancia del Padre, en la cual todo creyente ha sido unido.
La creencia está en el intelecto; la fe es experimentar la sustancia, a Cristo. Por eso, hablar de fe sin entender que se trata de Cristo es perder la perspectiva real de que también se debe entender la fe como sustancia y unión con Cristo.
Entendemos que, lejos de ser un mero pensamiento, la fe nos conecta de manera orgánica a la sustancia misma de Cristo, haciendo que su vida opere en nosotros: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).
Al final del capítulo 11 de Hebreos se concluye que lo que esperaban los que creyeron a Dios no era una patria terrenal, sino una mejor, esto es, una celestial: la Jerusalén celestial, cuyo arquitecto y constructor es Dios (Hebreos 11:10, 13-16). Pero Cristo es el contenido, la sustancia y el centro vital de esta patria, pues una ciudad celestial carece de sentido sin Aquel que la habita. Por eso, en la Nueva Jerusalén no hay templo físico, porque el Señor y el Cordero son su templo y su luz (Apocalipsis 21:22-23).
Por esta razón, la definición de la fe como sustancia armoniza con la patria celestial cuando el Señor Jesús dice: “Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”. Previamente, había declarado: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 14:3; Juan 12:32).
Cuando Jesús dice: “Y os tomaré a mí mismo”, esta unión ocurre cuando creemos en Él. Al igual que los antiguos, que dieron testimonio de fe y esperaban una patria celestial, nosotros hemos sido tomados por el Padre y colocados en ella: estamos sentados en los lugares celestiales en Cristo y somos miembros de su cuerpo (Efesios 2:6; 5:30).
Hermanos, hemos sido hechos participantes de Cristo: “Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza (jupóstasis) del principio” (Hebreos 3:14). Estamos unidos a su esencia, y esta es la certeza máxima que tenemos. Por lo tanto, somos testigos efectivos y vivenciales y descansamos no en una expectativa abstracta o imaginaria, sino en una patria segura y en una unión viva con el Mediador que la sustenta para siempre.
Alaba a Dios
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