En comunión, el miedo se va y la paz de Dios me sostendrá
viernes, 14 de agosto de 2026
Oración
Padre Dios, gracias por tu protección, por cuidarme con tanta ternura y amor. Ayúdame a disfrutar de tu comunión constante, quita todo miedo y confusión de mi corazón, úsame para llevar tu consuelo y tu amor a quienes más lo necesiten el día de hoy. Amén.
Lee la Palabra de Dios
“Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza. Selah.” Salmo 46:1-3
Reflexiona
El pasado lunes, mientras me preparaba para el trabajo, la tierra comenzó a moverse con fuerza. La alarma de sismo sonó y, en un instante, mi instinto como padre afloró: lo primero que hice fue tomar a mi pequeño hijo en brazos. Junto a mi esposa, experimentamos el temblor mientras los muros parecían ceder; en medio de la intensidad, no hubo lugar para la autosuficiencia, solo un clamor que brotó desde lo más profundo: “¡Dios, protégenos!”.
Más tarde, al meditar en lo sucedido, recordamos la promesa de Isaías 41:10: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia”. Entonces comprendimos que, incluso en el momento del impacto, siempre estuvimos en los brazos de nuestro buen Padre.
La Biblia nos enseña una verdad que apaga cualquier miedo: Dios no solo nos cuida, nos carga. En Deuteronomio 1:31, se describe a Dios como un Padre que toma a su hijo en brazos durante todo el camino. Y en Romanos 8:15, se nos recuerda que no hemos recibido un espíritu de esclavitud para temer, sino el Espíritu de adopción para clamar “¡Abba, Padre!”.
Curiosamente, durante el sismo, mi hijo no lloró ni sintió pánico; simplemente permaneció tranquilo en mis brazos. Él no comprendía la magnitud del peligro, pero confiaba plenamente en mi protección. ¡Qué gran lección! Nuestro Padre celestial, quien hizo los cielos y la tierra, es quien nos socorre (Salmo 121:2). Quizás no comprendamos todo lo que sucede a nuestro alrededor, pero podemos estar confiados en Sus brazos eternos.
Hermanos permanezcamos en la comunión del Espíritu Santo; ahí, en el Seno del Padre, cualquier miedo y confusión se disipa y la paz de Dios nos sostiene. Solo en Él podemos encontrar esa paz que necesitamos en estos momentos de angustia, pues Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.
Alaba a Dios
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