Agradando a Dios
lunes, 6 de julio de 2026
Oración
Padre, gracias por el regalo del Espíritu Santo. Gracias Señor porque me has enseñado que sólo por Él pueden morir en mí las obras de la carne; hoy te pido que me concedas la gracia de vivir, no en mis propios deseos, sino en el poder y guía de tu Santo Espíritu, amén.
Lee la Palabra de Dios
“Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.” ROMANOS 8:7-9
Reflexiona
Confiar en nuestra carne, en nuestra determinación y supuestas buenas intenciones para agradar a Dios, es dar un paso en falso. La Escritura en Romanos nos dice claramente que los designios, los pensamientos o las intenciones de nuestra naturaleza no quieren, pero tampoco pueden someterse a Dios. Si somos sinceros y nos hemos dado cuenta, hemos de reconocer que a nuestro cuerpo o a nuestra carne le gusta o le tienta en gran manera el pecado, y lo que realmente se hace diferente en cada persona es el tipo de obra que más le seduce, a unos la mentira, a otros la fornicación, la idolatría, avaricia, el adulterio, la envidia, etc. Santiago 1:14 dice “sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.”
Esta condición, cuando nosotros queremos sinceramente agradar u obedecer a Dios, es un hecho que nos lleva a la desesperación y frustración, el apóstol Pablo lo manifestó de la siguiente manera en Romanos 7:24 “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” Realmente, ¿quién nos librará?, pues así como él lo expresó en el versículo 25, damos gracias a Dios por Jesucristo.
Hermanos, nuestra fe en Jesucristo ha hecho que la gracia de Dios se derrame sobre nosotros concediendonos su Santo Espíritu (Efesios 1:13), y entonces ahora, nosotros, que ya tenemos al Espíritu Santo, no tenemos porqué vivir y depender de nuestra carne, pues como dice Romanos 8:6, la carne solo produce muerte, pero el ocuparnos del Espíritu es vida y paz. El Espíritu Santo así como resucitó a Jesucristo de los muertos, es el único que vivifica nuestros cuerpos mortales para que ya no sirvamos más al pecado, sino que dependiendo de su poder y guia, llevemos fruto que agrade a Dios (Romanos 8:11,13).
Alaba a Dios
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