Restitución
martes, 30 de junio de 2026
Oración
Amado Padre, no sé cómo agradecerte todo lo que haces en mi vida. Mis palabras se quedan cortas para expresar no solo la gratitud que siento por ti, sino también para describir tu grandeza. ¡Cuán bello eres!, ¡Cuánta sabiduría hay en ti! Gracias Dios, por permitirme conocerte por medio de Jesús. Amén.
Lee la Palabra de Dios
“Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad”. Hebreos 11:13-16
Reflexiona
La Biblia aborda la restitución de dos formas principales: como el acto humano de reparar un daño o devolver lo robado, y como la obra de Dios de restaurar a quienes han sufrido pérdida, ya sea devolviéndoles lo perdido o concediéndoles algo aún mejor conforme a su perfecta voluntad.
Lucas 19:8-9 nos muestra, por ejemplo, a Zaqueo, un hombre rico y jefe de los cobradores de impuestos, manifestando que no solo daría la mitad de sus bienes a los pobres, sino que también devolvería cuatro veces más a todo aquel a quien hubiera defraudado. Vemos en este hombre el deseo de reparar el daño causado a quienes habían sido perjudicados por su mano.
Dios también es un Dios que restituye. Lo vemos en Joel 2:25 donde promete devolver todo lo que las plagas habían destruido si el pueblo se volvía a Él. Aquella devastación de los cultivos había llegado como consecuencia de su constante desobediencia, pero el Señor les ofrecía restauración mediante el arrepentimiento.
Pero quizá alguien se pregunte: ¿qué sucede cuando esta restitución no llega durante esta vida? El Señor nos da una esperanza por medio del ejemplo de Lázaro, el mendigo. Las Escrituras narran en Lucas 16:19-31 que Lázaro era un hombre pobre que había sido puesto a la puerta de un hombre rico. Su condición era tan precaria que deseaba saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico, mientras los perros venían y lamían sus llagas. A los ojos del mundo, parecía un hombre olvidado y sin esperanza. Sin embargo, cuando murió, fue llevado por los ángeles al lado de Abraham. Aunque su restitución no llegó durante su vida terrenal, Dios le concedió una mucho mayor en la eternidad, donde recibió el consuelo que jamás tuvo en este mundo.
La restitución de Dios no siempre consiste en devolver exactamente lo que se perdió. En ocasiones, Él concede una herencia mucho mayor que supera todo aquello que jamás podríamos recuperar en esta vida.
Como vemos, la restitución alcanza a todo aquel que pone su fe en Jesús, no como resultado de sus buenas obras o de sus propios esfuerzos.
La restitución trae esperanza a todo aquel que ha sufrido alguna pérdida o ha sido perjudicado de alguna manera. Forma parte de la obra restauradora que el Señor realiza en la vida de sus hijos. Por eso, ten presente que, aunque en este mundo no recibas aquello que esperabas recuperar, el Señor te invita a poner y mantener tu esperanza en Él, tal como lo hicieron aquellos hombres y mujeres de la fe que no desmayaron, porque anhelaban una herencia mucho mejor, la celestial (Hebreos 11:13-16).
Hermanos, nuestra esperanza no descansa únicamente en una restitución temporal, sino en la certeza de que Dios cumplirá plenamente todas sus promesas, ya sea en esta vida o en la venidera.
Alaba a Dios
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