Proclamando a Cristo en todas las generaciones
domingo, 6 de septiembre de 2026
Oración
Señor, gracias porque desde mi juventud me has enseñado tus caminos, gracias por tu paciencia, tu amor y tu misericordia que me han sostenido hasta hoy. No permitas que mi voz se apague sin antes llevar tu mensaje de salvación a los que me siguen, quiero hablarles de tu grandeza. Aunque se acaben mis fuerzas y lleguen mis años de vejez, aunque esté más débil y cansado, descanso en tu fuerza para proclamar tu poder a otros. Que mi vida sea testimonio constante de tu fidelidad; y que las generaciones futuras te conozcan por el ejemplo de mi fe firme en ti, En el Nombre de Jesús, amén.
Lee la Palabra de Dios
“Oh Dios, me enseñaste desde mi juventud, y hasta ahora he manifestado tus maravillas. Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares, hasta que anuncie tu poder a la posteridad, y tu potencia a todos los que han de venir”. Salmos 71:17-18
Reflexiona
Este pasaje nos lleva a recordar todo lo que Dios ha hecho en nuestra vida. Aquí el salmista mira hacia atrás y reconoce la fidelidad de Dios a lo largo de su existencia. Desde su juventud hasta la ancianidad, Dios ha sido su maestro, su Pastor, su guía, su provisión.
No sabemos quién escribió este Salmo, ni cuándo, pero sabemos que era un anciano que había experimentado la comunión con Dios y su fidelidad durante muchos años. El autor toma versículos y frases de otros salmos como el 22, 31, 35, y 40, para expresar sus propias emociones y recordarnos que, en las pruebas, en los triunfos, en los silencios, el Señor siempre está ahí, nunca nos deja. Debemos entonces reflexionar en cómo el Señor nos ha enseñado en cada etapa de nuestra vida.
Pero el deseo del salmista no era solo recordar, sino transmitir a la próxima generación, antes de llegar al final de sus días, quién era Dios y qué había hecho en él. Su anhelo era que los que nos suceden conozcan el poder y la grandeza del Señor. Esto debe recordarnos la responsabilidad que, como padres, pastores y líderes de la iglesia tenemos, de transmitir nuestro testimonio y todo lo que Dios ha hecho en nosotros a los que nos rodean.
Esta porción bíblica nos reafirma que cada etapa de la vida tiene un propósito. En la juventud, aprendemos; en la madurez, servimos; y en la vejez, testificamos. No importa la edad que tengamos, siempre Dios tiene algo que enseñarnos y un mensaje para comunicar a través de nosotros. Depositar nuestra esperanza en Él nos ayuda a continuar, a seguir sirviendo.
El verdadero legado no está en lo que acumulamos, sino cómo lo compartimos con fidelidad a los que siguen. Veamos el consejo de Pablo a su discípulo Timoteo en 2 Timoteo 2:1-2 “Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros”. Por eso nuestras palabras, actos y fe deben ser un testimonio vivo de que el Señor es, ha sido y seguirá siendo, un Dios amoroso y bueno.
La recepción de la fe está basada en dos cosas. Se basa en el oír y en transmitir. Fue de Pablo, de quien Timoteo escuchó la verdad de la fe cristiana. Pero las palabras que escuchó fueron confirmadas por el testimonio de muchos que estaban dispuestos a decir: “lo que digo es verdad, porque he visto a Cristo obrar en mi propia vida”. Por eso, todos podemos testificar del poder vivificador del Evangelio.
No es sólo un privilegio el recibir la fe cristiana; es un deber trasmitirla. Todo cristiano debe considerarse un eslabón entre dos generaciones. Es como transmitir la antorcha de la luz de Cristo, sin que se apague, de una generación a otra.
Alaba a Dios
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